María de Jesús, pitayera desde la cuna

 

 

Durante los últimos días de abril, muchas familias viajan a la región Lagunas y contemplan paisajes repletos de cactus que parecieran decorar algún desierto del norte del país, en lugar del sur de Jalisco. Pero estas plantas no cuentan con nopales ni tunas, sino que son portadoras de un fruto afrodisíaco capaz de atraer a los viajeros más remotos: la pitaya.

 

Y es que al igual que el agave en Tequila o el membrillo en Ixtlahuacán, las pitayas son distintivas de varios municipios sureños, identidad que, más allá de su exquisito sabor, representa la exhaustiva labor de quienes generación tras generación continúan dedicándose al cuidado y cultivo de estos frutos, como es el caso de María de Jesús Gutiérrez, oriunda de Amacueca.

 

Conocer cada metro del terrero y zurcarlo según la guía y la dimensión de los cactus; identificar cuál tiene más espinas, cuál da frutos amarillos, rojos o morados; cuál se plantó hace 25 años y cuál ya está listo para brindar sus primeras pitayas, son los principales indicadores de cada temporada. Incluso, María de Jesús recuerda cuáles plantas son las que sembró su abuelo y asegura que apenas a  los 5 años acompañaba a su padre a los campos y que a los 7 ya estaba recolectando las primeras pitayas.

 

“A mí me cuentan mis tíos que quienes iniciaron fueron mis bisabuelos. Conocieron al papá de mi abuelo y trabajaron con él. Mis hijos y hasta mis nietos ya se están viniendo a pitayerar, arriman el balde, el cuchillito”, declaró la señora Gutiérrez, quien lleva más de 40 años dedicándose a este rubro.

 

Los cactus florecen al cumplir los 5 años y algunos de hasta medio siglo de edad siguen produciendo, aunque en menor cantidad. Además de las plagas que tiñen de amarillo a las plantas por deshidratación, el principal peligro es la falta de lluvias. En la actualidad son tiempos difíciles para los pitayeros, debido a que van dos años consecutivos sin las cabañuelas de enero. Pero no bajan los brazos y, como es costumbre, inician la recolección desde las 2 de la madrugada hasta las 10 a. m.

 

Por lo general, María de Jesús realiza una pasada, ya que es más fácil recoger el fruto frío y, en cambio, a pleno rayo de sol, puede volverse chicloso al apenas tocarlo. Pero también se corta de día, en caso de ubicar las próximas frutas en madurar, que de un momento a otro se las pueden llevar las aves y algunos otros animales, los que suelen ser los primeros degustadores cada temporada. 

 

Las familias pitayeras se han beneficiado con la tecnología y ahora usan lámparas venaderas que facilitan notablemente su labor. Lo demás es lo de siempre: una camiseta de manga larga para protegerse de las espinas, una cubeta y el pico para recolectar. 

 

Cada vez se ofrecen más productos de este afrodisíaco fruto, como ponche, panqués y hasta jabones. En general, los pitayeros de cada localidad están orgullosos y se jactan de tener en sus terrenos la mejor calidad. 

 

“Techaluta tiene más de la denominación pitaya mamey, pero es más seca, algo masuda. Ahorita ha estado difícil porque no hubo cabañuelas, lo bueno es que sigue viniendo bastante gente. Desde las 4 de la mañana nos ponemos a vender junto a la carretera (a Amacueca). Nos piden mucho la pitaya roja, y es la que tiene más variedades: la sandía, la mamey, la criolla, la fresa.” agregó “Marichuy”, como le dicen sus amigos.

 

Así como las cabañuelas son fundamentales para que la pitaya abunde, las lluvias masivas de junio frenan la cosecha, ya que, debido al exceso de agua, la pitaya pierde su sabor. 

Sea en Amacueca, Techaluta de Montenegro, Zacoalco de Torres o Sayula, lo cierto es que los campos pitayeros jaliscienses son un patrimonio para todo el estado. Por eso debemos visitar estos días corredores como los de Amacueca y Techaluta donde, en un balde o un canasto repleto de alfalfa (que también cultivan en los municipios mencionados), se acomodan las pitayas para las familias que llegan de Ocotlán, Guadalajara, Ciudad Guzmán y hasta de otros estados, porque el pitayo jalisciense es un fruto sagrado que tanto han cuidado familias como la de María de Jesús Gutiérrez, sin detenerse a pesar de los tiempos difíciles.